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La inteligencia artificial pasó de ser una innovación emergente a convertirse en una herramienta habitual en ámbitos empresariales, financieros y jurídicos. Ejecutivos, fundadores de startups y profesionales del derecho la utilizan para analizar escenarios regulatorios, evaluar riesgos o ensayar estrategias antes de tomar decisiones. En ese contexto, surgió un interrogante que empieza a ganar relevancia: si las consultas realizadas a estos sistemas pueden terminar incorporadas a un expediente judicial.

El eje del debate gira en torno a la privacidad y la gestión de datos. Aunque las conversaciones realizadas desde una cuenta personal forman parte, en principio, de la esfera íntima del usuario, la infraestructura tecnológica funciona con registros técnicos, políticas de retención y copias de respaldo que no siempre son visibles para quien interactúa con la plataforma. Eliminar un chat desde la interfaz no implica necesariamente su desaparición inmediata a nivel técnico. Ante una investigación judicial, la cuestión central deja de ser la percepción de privacidad y pasa a ser la existencia efectiva de datos recuperables.

Desde el punto de vista jurídico, existen distintos caminos para que una conversación llegue a un proceso judicial. Uno de ellos es el requerimiento directo al proveedor del servicio. En el caso de ChatGPT, operado por OpenAI, la entidad contractual depende de la jurisdicción del usuario, con sedes en Estados Unidos o Irlanda. En Argentina no existe un domicilio operativo que permita ejecutar de manera directa una orden judicial local, por lo que cualquier pedido debería canalizarse mediante cooperación internacional. La experiencia con otras plataformas digitales muestra que la colaboración suele ser más fluida en casos vinculados a delitos graves, mientras que en otras investigaciones puede demorarse o no prosperar.

Sin embargo, la vía internacional no es la única posibilidad. En la práctica, el secuestro de dispositivos electrónicos suele ser un mecanismo más directo. Teléfonos celulares, computadoras o servidores pueden ser sometidos a extracción forense, procedimiento que consiste en realizar una copia íntegra del contenido preservando la cadena de custodia. A partir de ese análisis técnico es posible recuperar historiales locales, archivos temporales e incluso información eliminada que no haya sido sobrescrita. De este modo, una conversación con inteligencia artificial podría incorporarse a la causa aun sin requerimientos al exterior.

En términos procesales, estos intercambios no constituyen una confesión judicial, ya que la confesión exige declaración ante autoridad competente y con asistencia letrada. No obstante, pueden ser valorados como elementos indiciarios dentro del conjunto probatorio. El sistema permite al juez formar convicción a partir de indicios articulados con otras pruebas, por lo que un chat no es automáticamente determinante, pero tampoco irrelevante.

El análisis también incluyó antecedentes internacionales. En Estados Unidos ya se registró un caso en el que un juez sostuvo que las consultas realizadas a sistemas de inteligencia artificial no estaban protegidas por secreto profesional, diferenciándolas de la relación abogado-cliente. Aunque se trate de un precedente extranjero, marca una posible tendencia en la evolución de la prueba digital.

Más allá del plano estrictamente judicial, se advirtió sobre el impacto reputacional que podría derivarse de la incorporación o filtración de estos intercambios. En empresas reguladas o compañías que cotizan en bolsa, la difusión pública de una conversación puede traducirse en consecuencias económicas concretas, pérdida de confianza o cuestionamientos regulatorios. Las crisis actuales no siempre se inician en tribunales, sino en entornos digitales donde una captura de pantalla puede viralizarse con rapidez.

Frente a este escenario, especialistas subrayaron la importancia de contar con estrategias integrales que articulen defensa legal, control técnico de la prueba digital, intervención de peritos y planificación comunicacional. La incorporación de protocolos internos sobre el uso de inteligencia artificial, la definición de qué información puede compartirse y la preparación ante eventuales investigaciones aparecen como medidas preventivas en un contexto donde la tecnología redefine los límites entre lo privado y lo público.

Autor: admin

Fuente: noticiero9