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El bullying es uno de los temas que más consultas me generan, tanto de padres como de docentes, y antes de dar cualquier respuesta creo que hay que partir de una idea central: se trata de un fenómeno multicausal. El acoso escolar puede ser verbal, físico o psicológico, puede darse entre dos personas o adquirir una dimensión más colectiva, y sus raíces casi nunca son simples. A veces tiene que ver con la propia personalidad de quien agrede; otras veces, con un ámbito que —sin proponérselo— termina permitiéndolo. Por eso prefiero analizarlo con cautela, sin apurar diagnósticos ni buscar un único culpable.

Lo que sí podemos hacer es aprender a leer las señales. En el terreno familiar, conviene prestar atención a cambios en el rendimiento escolar, a las excusas para no ir a clase, a un chico que empieza a encerrarse o que, por el contrario, desarrolla actitudes violentas que antes no tenía. Ninguna de estas señales confirma por sí sola una situación de bullying, pero todas ameritan una conversación, no un interrogatorio.

Es un error frecuente, tanto en la familia como en la escuela, restarle importancia a lo que pasa entre compañeros con el argumento de que "son cosas de chicos". En general, el acoso aparece ligado a una diferencia: intelectual, social, económica, racial o religiosa. Quien acosa suele buscar, de manera equivocada, ocupar un lugar de liderazgo para ganar el reconocimiento del grupo.

Una pregunta que me hacen mucho es cómo darse cuenta de que el propio hijo o alumno es quien está ejerciendo el bullying, no quien lo padece. No hay una respuesta única, pero también ahí hay señales, y lo principal es generar un espacio de escucha genuino, evitando respuestas del tipo "defendete", que no resuelven nada y suelen cerrar la conversación en lugar de abrirla.

Esto ocurre, además, en un contexto social que no ayuda: vivimos en un ecosistema con mucha violencia naturalizada, donde pensar diferente alcanza para convertir al otro en enemigo. En ese escenario, el adulto —en la casa y en la escuela— tiene que funcionar como modelo. De ahí la importancia de construir protocolos de convivencia escolar, capacitar a los docentes y estar atentos a los momentos y lugares donde suele desplegarse el bullying: los pasillos, el baño, el recreo. La respuesta no puede limitarse a un esquema sancionatorio; tiene que ser educativa, orientada a generar un cambio real.

Por último, algo que me parece central y que muchas veces se pierde de vista: quien hace bullying también es, de algún modo, una víctima. No de la misma situación que quien lo padece, pero sí de una dinámica que probablemente responde a una angustia o a un malestar propio. Trabajar sobre ese síntoma, en lugar de limitarse a sancionarlo, es lo que permite entender qué le está pasando a ese chico y ayudarlo a poner en palabras ese dolor. Ese es, para mí, el verdadero punto de partida: escuchar antes de actuar.

Autor: admin

Fuente: noticiero9