SOCIEDAD-TODO EL MUNDO VENDE ALGO: LA NUEVA ECONOMÍA DE LA COMIDA
Hay una imagen que se repite cada vez más en las calles de Resistencia. En una esquina venden chipá. A pocas cuadras aparecen pastelitos, torta parrilla, empanadas, pizzas, pollos, hamburguesas, frutas, verduras o alguna conservadora improvisada con comida.
En las puertas de organismos públicos, escuelas, comercios y oficinas circulan vendedores con bandejas. La escena parece cotidiana, pero detrás hay una transformación económica mucho más profunda.
El dato conocido este jueves ayuda a entenderla. La pobreza alcanzó al 48,6% de la población del Gran Resistencia durante el primer semestre de 2026. Son alrededor de 209.000 personas. La indigencia llegó al 17,3%, equivalente a unas 74.000 personas. El indicador chaqueño quedó además muy por encima del promedio nacional de pobreza, que fue del 32,3%, y también por encima del promedio del NEA.
El problema está directamente relacionado con los ingresos. Mientras el costo de vida y, especialmente, los alimentos continuaron aumentando, miles de familias quedaron obligadas a buscar nuevas formas de completar el presupuesto mensual.
Y allí aparece una economía que las estadísticas tradicionales muchas veces no alcanzan a mostrar completamente: la economía de la comida.

No todos llegaron a ella de la misma manera. Hay personas que perdieron su empleo y encontraron en la cocina una salida inmediata. Sin trabajo formal, sin indemnizaciones suficientes o sin posibilidades rápidas de reinsertarse, comenzaron a hacer empanadas, pizzas, chipá, pastelitos, tortas, viandas o pollos para vender. Lo que primero fue una salida de emergencia terminó en algunos casos convirtiéndose en la principal fuente de ingresos de la familia.
Pero hay otro fenómeno igualmente importante. No son pocos los que todavía tienen trabajo y aun así necesitan generar un segundo ingreso porque el sueldo no alcanza. Son empleados públicos, privados, docentes, trabajadores de comercio o cuentapropistas que utilizan las tardes, las noches, los fines de semana o sus días libres para producir y vender algo.
Trabajan ocho horas y después vuelven a trabajar.
Preparan comida en sus casas, publican los productos por WhatsApp, toman pedidos durante el día y entregan cuando salen de su empleo. Otros aprovechan el sábado o el domingo para instalar una parrilla, vender torta parrilla, hacer pizzas o recorrer oficinas y barrios con una conservadora.
La comida tiene una ventaja decisiva frente a casi cualquier otro emprendimiento: permite comenzar con poco capital y transformar trabajo en efectivo rápidamente. Harina, grasa, queso, carne, una cocina y algunas horas pueden convertirse ese mismo día en dinero para comprar nuevamente mercadería o cubrir gastos de la casa.

Por eso proliferan los puestos ambulantes. No necesitan grandes estructuras ni contratos comerciales. Tampoco esperar treinta días para cobrar un salario. Se produce hoy, se vende hoy y se cobra hoy.
Los kioscos instalados en garajes, ventanas o pequeños locales responden parcialmente a la misma lógica. También las cafeterías y los lugares de merienda que se multiplicaron en los últimos años. Pero la expresión más visible está en la calle: personas que salen con productos elaborados en sus propias casas e intentan convertirlos en ingreso.
Los números nacionales ayudan a dimensionarlo. Estudios realizados sobre la Encuesta Permanente de Hogares estimaron que hacia fines de 2025 1,6 millones de argentinos tenían más de un empleo, el 12,2% de los ocupados. Ya no se trata solamente de conseguir trabajo. En muchos casos se trata de conseguir otro trabajo.
Así aparecen dos historias distintas que terminan encontrándose en la misma vereda. El que quedó desocupado y comenzó a vender comida para sobrevivir. Y el que todavía conserva su empleo, pero cuando termina su jornada necesita volver a trabajar porque con un sueldo ya no alcanza.
Por eso, detrás del hombre que vende choripanes, la mujer que ofrece pastelitos o el joven que recorre oficinas con chipá puede haber algo bastante más importante que una moda gastronómica.
Hay una parte de la sociedad que no encontró simplemente un nuevo negocio. Encontró una manera de sostenerse.
El 48,6% de pobreza en Gran Resistencia obliga a mirar esas escenas con otros ojos. La calle está mostrando una economía pequeña, informal y cotidiana que crece al ritmo de la necesidad.
fm los angeles
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